LA FIESTA DE TODOS SANTOS, Leyenda de conocimiento popular
Catrinas Casa de Cultura de Coatepec IVEC 2019

LA FIESTA DE TODOS SANTOS

Dispensen, les voy a contar un cuento. Es de hace tiempo, de un señor en un día de Todos Santos, que es cuando vienen los difuntos, las ánimas, a visitarnos pueblo por pueblo, en todas las casas.

Un día de esos, el señor le dijo a su esposa:

-Yo no creo que vengan las ánimas de los difuntos. No lo creo, no vienen, son mentiras, yo no tengo tiempo, yo voy a trabajar; voy a esperar a mi papá con una jícara de enchiladas, él siempre comía ramas de erizo tierno. Eso le voy a poner en el altar.

 Y así lo hizo y se fue a trabajar; trabajó toda la jornada el mero día de Todos Santos, el día de los grandes, el de los mayores…

Desde que amaneció, se fue a trabajar, y en esas estaba cuando de pronto empezó a escuchar un ruido grande de gente que platicaba en el camino. Cuando comenzó a verlos, pasaban muchos, iban contentos, unos cantando, otros bailando alegremente; llevaban canastas en la cabeza y todos llevaban regalos, eran las ofrendas que habían recibido.

Unos llevaban racimos de plátanos, manos de plátanos. Las señoras iban cargando en la cabeza canastas con tamales; llevaban tamales chicos y grandes, dulces y salados, llevaban atole, café, aguardiente, los cargaban en cántaros, los llevaban en jarros; otros llevaban mazorcas en mancuernas, todos iban muy contentos.

Entonces el señor pensó:

“Ya veo que esas personas no son gente de verdad, porque no las conozco; van otros señores que hace años he visto. Pobre de mi papá”

En ese momento vio venir a su padre, quien llevaba al hombro la rama de erizo tierno. Su madre llevaba en la cabeza una jícara de enchiladas, tapaditas, así como debe de ser, eso llevaban sus papás, el señor se entristeció.

 “Ahora ya lo creo, todos los difuntos, todas las ánimas vienen”, dijo, y entonces los llamó:

Papá, papá, mamá, mamá quiero hablar con ustedes, yo no creía. Dispénsenme, yo no sabía que ustedes venían a visitarme; ahora veo que de veras es cierto. Hagan el favor de esperarme un poco, voy a hacer también una ofrenda grande, ahora ya sé que de veras vienen.

-Pero nosotros no podemos —contestó el papá— yo ya me voy, nosotros ya nos vamos, pero si quieres verme y dejarme la ofrenda, hazla, te espero en el portal de la iglesia, allá te espero mañana, antes de que empiece la misa.

Entonces eso fue lo que hizo el señor. Regresó a su casa. Mató puerco y pollos e hizo tamales grandes. Puso el altar; estuvo preparando la ofrenda toda la noche para que cuando amaneciera la gente fuera a hacer el rosario, a rezarle a las ánimas de sus padres. En el momento que terminó sus quehaceres, sintió que le dio cansancio y le dijo a su esposa:

-Voy a descansar, así tan pronto cuando estén ya cocidos los tamales pruébalos y avísame. Cuando termines despiértame, vamos a llamar al rezandero y vamos a rezarles. Voy a ir a dejar la ofrenda allá donde me va a esperar mi papá.

Y el hombre se fue a descansar a su cama; descansó y como a la hora le fueron a hablar, pero el hombre ya no estaba con vida. Estaba muerto.

Murió en su cama. Todo porque se negó a creer, y aunque finalmente lo hizo, ya no le valió, pues los difuntos, ya habían tomado camino.

Cuando la señora vio finado a su esposo, avisó a los vecinos, a los familiares. Los tamales y la ofrenda que se hicieron para sus padres se los comieron los que ayudaron a enterrar al difunto.

Desde entonces, por muy humilde que la gente sea, siempre se ponen ofrendas en el altar.


Fuente: Blog CoatlTepec, de las leyendas de conocimiento popular recopiladas por Flavio Martínez.

Comentarios

Deja un comentario